domingo, 2 de noviembre de 2008

Sol...

Podría decirse que el cielo está despejado, de no ser por esas pequeñas motas blancas, que no merecen llamarse nubes, que pasaban rápidas por la fuerza del viento.

El sol lucía alto e intenso sobre sus cabezas. Y todo estaría ardiendo de no ser por la fresca brisa que corría por esos parajes.

Con ese panorama caminaba por el centro de la ciudad. Maldiciendo su largo pelo, que en esos momentos actuaba de microondas, calentandole la cabeza. Ahora le sobraba todo, el pelo, la ropa e incluso las pulseras que siempre llevaba. Que calor.

El asfalto estaba tan caliente que incluso lo sentía llevando bambas, pagaría por tener a tiro una piscina.

Y si ya hacia calor ahora, no quería ni imaginar el que haría al encontrarse con ella... con esa mirada intensa, ese pelo como el azabache y esos labios carnosos que tanto calor le daban...

Como le gustaba ese calor...

3 comentarios:

Àngela dijo...

No hay mejor calor que el que nos pueden dar.
Borraste la anterior entrada? Criticas por criticar...

Besos!

Anónimo dijo...

Por qué nos gusta tanto ese calor y por qué es tan tan tan necesario?...Algunas veces sentimos morir por su ausencia...por su presencia, por la necesidad de vernos envueltos en él hasta fundirnos y tan sólo ser el resultado del amor, de la pasión...de un simple pero ardiente contacto...Es un vicio tal vez? Sientes que te quema pero dejas que juegue contigo...juegas con él...Caliéntame!

Me encanta...

Noe dijo...

Hay que ver como nos gusta a todos ese calorcito... =)

Prometo currarme mas el proximo comentario, que hoy estoy liadilla...

Besotes