
No recuerda que hace allí, pero intuye que las botellas de vodka vacías que tiene alrededor tienen algo que ver.
Levanta el brazo con dificultad para mirar la hora y tras cinco segundos mirando el reloj logra enfocar la mirada en las agujas: las siete y veinte de la mañana. En cuarenta minutos debe estar sentado en su trono del centro comercial con una sonrisa pintada en los labios, para contentar a todos los niños que tengan el valor de sentarse en sus mugrientas piernas.
Con ayuda de la pared se levanta y comienza la búsqueda de su camioneta, suerte que en ella siempre guarda un uniforme de repuesto... como se conoce. Al fin la encuentra y se dirige directo al trabajo.
Sale con dificultad del viejo vehículo. Lleva demasiado alcohol en las venas como para darse cuenta de que no se a puesto el cojín que hace las funciones de barriga y es incapaz de ajustarse la barba como toca.
Con el pelo grasiento y la barba descolocada entra en el centro comercial que guarda su trono. Madres y niños contemplan espeluznados el avance de eso que hace llamarse Papa Nöel hacia el enorme trono situado en el centro del recinto, trono que ni quiere ni merece.

Mal reflejo de lo que en realidad debería representar un papa nöel, se sienta en el trono y saca la petaca a la espera de los estúpidos niños, transpira navidad por cada poro de su piel mientras espera a que algún valiente se acerque a malgastar su tiempo. Navidad negra y sucia, plagada de consumismo y desigualdad... falso desinterés y elevados precios.
Pero a él se la suda todo...
