Con turbia mirada e inseguro caminar avanza el desaliñado hombre por la gris ciudad.
Hace ya tiempo que perdió su hogar, ahora su única casa es la gran ciudad. Esa ciudad ostil y sucia, en la que se ve obligado a vagabundear.
Se deja caer en un destartalado banco de algún olvidado parque y mientras observa los negros nubarrones que se ciernen amenazantes sobre su cabeza, saca de la mochila un cartón de vino aún por estrenar.
Desde que ahogado por las deudas, comenzó esta nueva y desesperada vida, su única preocupación es cuanto tardará en conseguir el suficiente dinero para comprar alcohol y donde se tirará hasta que se le pase.
Abre el cartón y pega un largo trago, con ansia, sin aliento. Sigue bebiendo hasta que nota que necesita respirar, entonces para, erupta y mira de nuevo al cielo. Ya añochece y empieza a chispear. Pega otro sorbo e intenta levantarse en busca de algún rincón resguardado en el que poder dormir en paz.
Al levantarse la cabeza le da vueltas y le impide caminar. Ya conoce esa sensación. A empezado a beber demasiado pronto, la anterior cogorza aún le dura, y corre riesgo de empezar a vomitar.
Apoyado en el banco espera a que pase el mareo y entonces comienza la marcha, recuerda que por alli cerca hay un cajero de BBVA bien calentito, y es allí a donde pretende llegar.
Por el camino empieza a llover intensamente. Los periódicos que lleva bajo el brazo comienzan a mojarse, el corre para evitar que queden inservibles, olvidándose del zumbido de sus oidos y pegando un último gran trago con el que termina el vino.
Pero su cuerpo no olvida la mala vida, y acusa ese litro y medio de alcohol guardado en el estómago, vacio y ulcerado.
Y es entonces cuando nota como le sube una tremenda arcada y se apoya en una columna para vomitar. Al acabar, levanta la cabeza y todo empieza a darle vueltas, busca el vino, remedio a todos sus males, pero ya no queda. Aumenta el mareo, que se convierte en vértigo y busca de nuevo la columna para intentarse apoyar, al no encontrarla cae al suelo, y allí se queda, incapaz de levantarse y con una brecha en la frente, que empieza a sangrar.
La gente pasa rápida y sin apenas mirarlo, enfundada en sus gruesos abrigos y con grandes paraguas, como mucho sienten curiosidad. Él pierde el conocimiento, incapaz de mantenerse despierto.
Nadie se detiene, nadie le ayudará. Humanos inhumanos, sin principios, ni moral, ese es nuestro mundo, asi es la cruda realidad.
Puede que el hombre muera tirado en la acera, o que por fin alguien se digne a mirar, a ver lo que ocurre, a salir de su burbuja y descubrir el significado de las palabras piedad y humanidad.